Parece el nombre de una señora mayor de pueblo, de esos que se ponían hace 100 años. Pero es el origen griego (εὐφημία) de la palabra «eufemismo», lo que no deja de tener su gracia: según la Real Academia de la Lengua, manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante. Y es que un eufemismo no es más que una forma fina de decir algo no tan fino, un disimulo, una ironía, un sarcasmo… Y, por eso, no sabemos a qué informático cachondo o a qué político en estado de gracia se le ocurrió ese nombre para designar el algoritmo que calcula los precios de la electricidad en cada momento del día en 23 países europeos, incluido el nuestro.

Euphemia estudia hora a hora las diferencias entre la oferta y la demanda prevista de energía. Los primeros megavatios que entran en la bolsa son los más baratos: hidráulico, nuclear y eólico. Así que, si la demanda es baja, los precios se mantienen controlados. Pero a medida que las necesidades aumentan, por ejemplo durante el temporal Filomena (otro nombre de abuela), se van sumando los megavatios más caros, los procedentes de centrales de carbón y gas y son estos últimos los que marcan el precio final de la luz. Y claro, uno se pregunta ¿por qué no una media? ¿Por qué calculan los precios finales con la energía más cara? Y encima nos dicen, literal, que el sistema esta diseñado para «maximizar el bienestar social e incrementar la transparencia del cálculo y los flujos resultantes». Esto de los»flujos resultantes» no sabemos si es para despistar.

Y claro, a la pobre Euphemia últimamente la están poniendo a parir. Los críticos dicen, básicamente y con razón, que si se marcan los costes con los elementos más caros en lugar de con la totalidad, los precios estarán siempre distorsionados y, como consecuencia, se producen retribuciones injustificadas a las eléctricas. Eso sí que es un eufemismo. Y la culpa no la tiene Euphemia, no, la culpa la tienen los de siempre.